
Se querían con locura, ¿o, tal vez, no?
Solo el cerrajero sabía la combinación. Tampoco ellos quisieron separarse nunca.
Tenía tantas inseguridades que tras sus redes
sociales, le puso el candado a su ventana para que nadie la viera sin filtros.
Tanto amor tenían que no llegaron al Puente y cerraron su candado a mitad de calle…
¿9629? ¿8518? ¿8730? ¡Me quieres dar ya la clave del wifi!
Intuyo que al que acierte la combinación numérica le regalarán un cartón de vino, ¿no?
Aparentemente se cae la ventana y la fachada y el candado permanece.
Madera erosionada, hierros oxidados y el amor a más de nueve mil seiscientas revoluciones.
Ninguna combinación numérica podrá cuantificar lo nuestro.
No creo yo que la ventana se vaya a mover, la verdad.
Sabía yo que lo tenía que haber comprado de llave… Ahora, ¿qué número era?
Del cero al nueve, cuatro veces,
en combinaciones giratorias.
Buscando números que ofreces
en conjugaciones satisfactorias.
Cuando se olvida, enloqueces,
probando secuencias aleatorias.
Aquel día tire la llave al mar, y ya nunca pude abrir el cerrojo tras el que te encerraste. Cuatro números, una combinación que nunca pide descifrar para llegar hasta ti.
