
El Betis volvió a ser un equipo reconocible en Villarreal. Y no es poca cosa. Venía de sufrir más de la cuenta el miércoles en Copa ante el Elche, pero en La Cartuja apareció una versión mucho más seria, concentrada y competitiva desde el primer minuto. De esas que no brillan en exceso, pero que transmiten fiabilidad. Ante un Villarreal de nivel Champions y en buen momento liguero, el Betis supo jugar el partido que tocaba y se llevó una victoria de peso.
El encuentro tuvo un nombre propio desde el arranque: Aitor Ruibal. Otra vez. Incansable, comprometido, jugando como si cada balón fuera el último. Abrió el marcador con ese instinto de delantero que no se le presupone, pero que aparece cada vez con más naturalidad. No es casualidad. Ruibal interpreta el juego, ataca el espacio y no se esconde. Es un futbolista que suma siempre y hoy volvió a marcar la diferencia.
Esta vez sí, Lo Celso se echó el equipo a la espalda. Con balón y sin él. Pidió la pelota, ordenó, dio pausa cuando tocaba y aceleró cuando el partido lo pedía. A su alrededor, el centro del campo funcionó como hacía tiempo que no se veía. Altimira y Roca firmaron un auténtico partidazo: equilibrio, intensidad, ayudas constantes y criterio para sacar el balón jugado. Así es mucho más fácil competir en casa sobre todo con sesenta mil gargantas apoyando.
El Villarreal lo intentó, como es lógico, pero el Betis nunca perdió el orden. Supo sufrir sin descomponerse y terminó de sentenciar con el gol de Fornals, otro futbolista clave en este equipo. Llegada, inteligencia y una influencia creciente en el juego ofensivo. Su gol no fue solo el 0-2, fue la confirmación de un partido bien leído y mejor ejecutado.
Victoria importante, de las que refuerzan el mensaje y devuelven confianza. Ahora toca mirar al futuro inmediato: el sorteo de Copa del lunes y el exigente viaje a Grecia para medirse al PAOK de Salónica. Pero hoy el Betis compitió. Y cuando este Betis compite, está mucho más cerca de lo que quiere ser.

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