
El silencio majestuoso se impuso en la sala, similar al de los caballeros medievales.
En la atmósfera, la oscuridad les daba la bienvenida a los visitantes ausentes, nadie, absolutamente nadie, sabía del sol allí dentro; la ausencia se hacía presente a cada milímetro. El silencio y las sombras se brindaban compañía, dentro de ese universo que los cobijaba.
Se observaban mutuamente, les era imposible realizar otro acto, lo reconocían.
Por instante simulaban un diálogo que se desvanecía con el intento. Contemplaban en la profundidad del espacio aquello que los humanos no solemos ver y regresaban a descansar en la penumbra del ambiente que los resguardaba.
Había noches, se reiteraban en la tercera de cada mes, que en el centro de la habitación, a la hora tres y treinta y tres, se presentaba en el centro de la sala la imagen de un triángulo equilátero emanando una luz tenue desde su interior.
El silencio y la oscuridad eran testigos presenciales del fenómeno.
Tan solo uno de ellos podía observar la figura con silueta de hombre desprovisto de todos los sentidos. Una imagen gris, con forma humana se recortaba contra el fondo del triángulo, precipitándose hacia los primeros escalones que lo conducían a una escalera caracol, ubicada al ingreso del mismo. Mientras la imagen gris descendía, su tonalidad sufría cambios en la coloración, por momentos más oscuras orillando el negro y en otros pretendiendo aclararse.
En la penumbra , resonaban en su mente diálogos , resquebrajándolo en innumerables micro partículas que lo arrastraban a los tormentos más asfixiantes de su vida. Iconografías que se presentaban como diapositivas, poniéndolo de rodillas, sobre las escalinatas, llevándolo a interrogarse, sobre lo que había hecho durante su existencia, pues solo creaba aquello que sabía.
Las imágenes no se detenían en su mente, en tanto pretendía avanzar, intuía que su efigie se desintegraría previo a llegar al último peldaño si no se apresuraba.
Las fotos no dejaban de agobiarlo; por cada escalón que descendía las representaciones pictóricas se espaciaban entre ellas; irradiaban desde las profundidades una luz blanca e incandescente.
Llegando a los últimos estribos, las fotos ya ausentes, no lo atormentaban.
Su figura se restableció.
En el centro de tan inmensa luminosidad estaba un hombre sentado sobre un sillón de madera oscura y pulida con respaldar llamativamente prolongado, y unos apoya brazos anchos.
Dio unos pasos hacia él y pudo distinguir debajo de sus pequeños ojos con rastros orientales, una barba de cabello denso y espeso, con pinceladas de mechones blancos, que lo observaba detenida y pensativamente.
Aquel personaje de labios inmóviles comenzó a realizarle preguntas al interlocutor gris.
Las palabras se transmitían suspendidas dentro de un túnel incoloro, partiendo desde el centro frontal del sabio hacia el centro frontal de la figura apagada.
Su total y prolongada pasividad ante momentos límites, no actuar en el instante adecuado, ser un simple espectador de circunstancias eran recriminadas.
Esa inercia dentro de la casa, llevó a sucesos desafortunados a sus habitantes, que aún deambulaban por ella sin poderlos ver, topando con finales pocos felices, con vidas inútilmente perdidas.
Los destinos hubiesen variado con su intervención mejorando la supervivencia, el amor, logrando que los seres existieran como humanos y no como gusanos devoradores de ellos mismos. Él nada había hecho.
Hay circunstancias en la que uno debe inmiscuirse no solo desempeñar el objetivo por lo cual fue traído al mundo; se debe cruzar la barrera de lo racional, desequilibrarse en busca de una mesura que no le pertenece, es un deber a cumplir.
Esas fueron las últimas palabras transmitidas, el sabio cerro sus ojos y el túnel incoloro se apagó .
La figura gris, se dirigió a la escalerilla.
Comenzó su ascenso, dejó atrás el triángulo que se desintegró a su salida. Retomó su lugar, volviendo a ser silencio, dejando atrás a quien había sido antes de ingresar al triángulo.







