Imágenes borrosas dentro de tu cabeza, tus ojos cerrados te van guiando por un mundo en el que eres un recién llegado, pero bien acogido, tanto que no te sientes extraño.
No entiendes nada, no conoces el escenario en el que te encuentras, ni casi a los actores con los que compartes plano. Te suenan sus caras y a veces solo sus gestos te son familiares. Intuyes a las personas sin estar seguro de ello. Sientes quienes son, nada más.
Sufres, corres, sudas y te estremeces. Angustiado andas por calles que no has visto nunca, pero son como los pasillos de tu casa. Te escondes en tu habitación, sin saber cual es, y en ella te encuentras con algún ser querido sin serlo realmente.
La vida misma: una línea de salida y un objetivo; una meta a la que llegar; meta que ni siquiera tienes a la vista por encontrarse en la contracurva de tu destino…
Os pongo en antecedentes para que lo entendáis: martes, Velá de Santa Ana, calle Betis, Triana.
Viendo un etapa del Tour de Francia me viene a la mente una reflexión que quiero compartir. La misma habla de los parecidos entre una gran vuelta y la vida misma.
-Echa pa’llá que la carne de burro no es transparente!!!- le dice un hermano a otro que está entre la mesa del comedor y la tele donde están echando Oliver y Benji.