Necesito despertar de nuevo, necesito que me saquen de este sueño que se ha ido convirtiendo en realidad que me atormenta, realidad que nunca quise y a la que acabé acostumbrándome casi por obligación y por dejadez personal. Yo solo no puedo.
Que alguien me tire un cubo de agua helada por la mañana y me saque de la cama a empujones, con la ropa de estar por casa, sin babuchas y con la cara hinchada del recién despertar. O que acuda a mi llamada cálidamente, con dulzura pero sin compasión alguna, hablándome y dejándose escuchar.
Que sean mis pies los que toquen la tierra y no mis pensamientos, que fluya la conexión con mi espiritualidad terrenal más allá de mi cuerpo, evaporaciones de amor a través de mi coraza, sin fronteras en mis poros y sin banderas en mi piel.
Parece mentira pero es tan cierto como os lo estoy contando. Este post lo escribo en caliente, sentado en la «silla» del profesor que se siente enfadado por culpa de la frustración de ver a una mocosa consentida destrozar su vida y hacer perder mis nervios, semana si y semana también.
El cielo está gris. Me siento a contemplarte porque mi alma está de la misma tonalidad.