
Yo sólo quiero pasearte Sevilla, perderme entre callejuelas, cual laberinto, donde no me importe encontrar la salida, pues es la grandeza de esta bendita tierra, perderse en ella.
Que no quiero tanto protocolo, sentarme y verlas venir, en un espacio que dice ser privilegiado, que no, no se confundan. Que yo quiero llegar con los pies reventados de beberme las calles, a sabiendas, que seré siempre afortunado, pues seré yo quien elija esa que llaman primera fila, sin pases previos.
Que yo quiero buscar un palio en una revirá y recrearme ante una tenue candelería, con el peculiar sonido de las bambalinas sobre los doce varales, ver de bien cerca una Virgen dolorosa, entre pasos acortados, aminorando la marcha, con suma delicadeza, meciéndola al son de campanilleros.
Que yo quiero ver a niños correr por la rampa del Salvador, estrenando ropa, sin perder detalle, un Domingo de Ramos, donde esperan sobresaltados la salida de una Borriquita que los bendice año tras año, derrochando a su vez Amor y Pasión.
Que yo quiero ver ese saludo respetuoso de un misterio a las puertas de una Iglesia, que incluso las maniguetas rocen el portalón y las campanas repiquen con alegría ante tan grata visita.
Que yo quiero pasear a tu vera, de la mano, que la estrechez de Cuna nos coja por sorpresa y ya sin retorno, nos atrape cualquier cofradía, donde cornetas y tambores resuenen más que nunca, la marcha por excelencia, la misma que vibrará muy dentro de tí y el palpitar del corazón se una a tan linda melodía, no hay mejor acústica, no la hay.
Que el protocolo se rompa, porque los tiempos serán dueños de una escena única. Donde el arte dará paso a ello, la música se colará en tan bella estampa, porque el escenario ya está escrito, es Sevilla y sólo entonces, el tiempo se parará sin más.
Que me perdonen, pero yo no quiero silla en Sierpes, ni en Campana. Lo que yo quiero es volver a enamorarme de mi Sevilla, en primavera, entre naranjos y azahar, sobre cielo azul, entre capirotes y terciopelo, entre costaleros y hermandades, entre palios y misterios, saboreando lo que queda por venir y añorando aquellos tiempos, cuando chiquetitos nos echábamos a la calle, con tu hermandad de siempre, entre primos y hermanos. Tradición y costumbres por bandera. ¡Ahí quedó!





