Su mirada fija y penetrante no puede parar de mirarla. Sus ojos se clavan en los suyos, sus manos rozan levemente y solo con las yemas, la palma derecha de su acompañante, su respiración lleva el compás de la suya, y su corazón…su corazón late con una fuerza increíble, dejando ver como su pecho da leves golpecitos arriba y abajo.
Él sostiene un libro en sus manos, ella parece que lo escucha mientras su mirada se pierde poco a poco en el verde jardín que los rodea. A veces lo mira, otras ríe, algunas se entristece… pero él sigue leyendo, sin pausa, manteniendo un ritmo lento, cariñoso y sobre todo un tono muy, muy hondo.
Página tras página, ni un suspiro para descansar, ni un movimiento para estirar las extremidades, ni un pestañeo…total y extrema concentración en el libro que sostienen sus ancianas manos, total y extrema concentración.




En el primer aniversario de la tragedia que ocurrió en la mina San José, en el desierto chileno de Atacama, el silencio es total.
Mientras el silencio de una casa vacía sólo deja que escuche el teclado del ordenador donde escribo, mis pensamientos se desmarcan de la línea trazada y van a parar a una autovía con viajantes procedentes de sus vacaciones, cargados de equipaje físico y de recuerdos de un tiempo perfecto. Recuerdos que hacen que el regreso se haga corto en la carretera y que ni imaginen que la suerte podría no estar de su lado en este viaje de vuelta a la realidad.