Camino de noche, bajo la luz de la luna y de unas farolas que tímidamente alumbran el paseo. La Luna llena brilla hermosa y se esconde entre los pocos edificios que rodean a un lado de nuestro caminar. Al otro, la inmensidad convertida en mar tranquila, en oleaje que calma mi alma y sosiega mi ser.
A un lado la Luna y al otro la Mar, una temerosa de molestar desaparece intermitentemente. La otra rompe en silencio sus olas casi sin querer, dejando música de paz. Ambas con sus vestidos de gala, la ocasión lo merece y ellas dos no podían faltar a la cita.
Entre esas majestuosidades nosotros dos, caminando juntos sin rumbo. No estamos solos, hay más gente. Pasan a nuestro alrededor como pasa el viento, sin llegar a ser molesto. Más bien nos acompañan, participando de ese momento nuestro.
Abro tu vieja cubierta estropeada por el paso de los años; maderas rotas donde antes había lustre y oloroso barniz; moho sustituyendo a metal…
Lo mismo que se me cerraban los ojos hace unas horas, se me han abierto.