
En la penumbra del amanecer, donde la niebla se deslizaba como ese santo sudario próximo al fin, un banco solitario se alzaba entre los senderos de un parque abandonado. Era un banco viejo, desgastado por el paso del tiempo, sus tablones agrietados en cada crujir, contaban historias que nadie escuchaba, y su hierro oxidado soportaba el peso de innumerables secretos imposibles de contar. Allí, entre la bruma densa que devoraba los contornos del mundo, se sentaba la soledad, envuelta en su inmutable manto.
Un cuervo, mancha oscuridad en la oscuridad de la claridad incierta, emergió del vacío. Sus ojos, carbones encendidos en una cara sin expresión, escrutaban el paisaje con una mezcla de soberbia y melancolía. El pájaro era juez y testigo: mensajero de augurios que no necesitaba palabras. Sus plumas absorbían la luz como si temiera el contacto con algo tan puro.

Un manto de dudas ocupaba el banco. Parecía una sombra más, indistinguible de las que trepaban entre la niebla. Nadie hablaba, nadie se movía, nadie respiraba. La muerte, pensó, no es un instante, sino una espera interminable. Y en aquella espera, el parque entero parecía conspirar con ella.
La niebla, como un velo entre este mundo y el siguiente, transformaba cada detalle en un misterio. Los árboles eran espectros inmóviles, los caminos se diluían en horizontes inciertos, y el banco mismo parecía una barca varada en la orilla de un charco, frontera entre el ser y el no ser.
El cuervo graznó, un sonido áspero que rasgó el silencio como un cuchillo sobre tela vieja.







