Salía de casa, no muy temprano. Con la mochila medio vacía. Una libreta, un viejo bolígrafo recargado, una toalla y algo de beber.
Se montaba en su bicicleta de paseo, con la cesta llena de vidrios retornables que se le olvidaba llevar de vuelta al supermercado.
La música siempre en sus oídos, canciones de autor, rock nacional y carnavales en su repertorio habitual.
Casi nunca repetía camino, salvo en esas épocas en las que acababa en el mismo destino esperando encontrarse con ellas.
Llegó a trazar infinitas rutas desde su punto de partida, con diferentes escenarios, luces y ambientes.
A veces, competía consigo mismo por ir más rápido. No por llegar antes, eso no le importaba. Disfrutaba del camino de maneras inesperadas.
Al llegar, sin bajarse de su bicicleta, inspeccionaba el lugar en busca del paraje perfecto. Cuando lo encontraba, no sin algunas dudas, tendía su toalla en el césped.
Una vez allí, se dejaba llevar. Permitía que todo fluyera, de dentro a fuera, sin compasión.
Si el sol apretaba mucho, buscaba alguna sombra para cobijarse. La sombra justa para poder disfrutar del sol.
Cuando la noche caía sobre él y la cita no había terminado, alargaba el tiempo bajo la luz de alguna vieja farola.
Al final, recogía todo y se montaba en su bicicleta, rumbo a casa, con la libreta llena y el alma en ella.
Nuestros relatos
Creencias vs Realidad
Esto iba a ser un tuit pero me estaba quedando largo…
Las creencias VS La Realidad
Esos roles que nos asignamos casi sin darnos cuenta y que nos sirve para capear el temporal y justificar esas cosas injustificables pero que nos ayuda a engordar el ego aunque sea con falsas expectativas.

Cómo os decía, esto comenzó siendo un tuit, pero su brevedad chocaba con la cantidad de palabras que se acumulaban en el teclado de mi móvil sin más repercusión que las de salir a la luz de una manes u otra.
¿Por qué el ser humano es así? Me pregunto…
¿Por qué nos autoconvencemos de algo a sabiendas que no son verdad si luego la hostia de realidad es más dura? Me sigo preguntando… y así se vuelven a acumular preguntas sin respuestas y respuestas sin preguntas que nos llevan de la mano a alcanzar una conclusión tan dura como cierta.
Sáquenla ustedes mismos…
Mendigando

Hoy me atrevo a escribir de día, en los huecos blancos de una manida publicidad que ha caído planeando desde una de las terrazas de bloque de pisos de enfrente de mi encartonada Morada.
No hay mucho hueco; tampoco necesito explayarme. La calor aprieta, el sol se hace presente, latente y muy potente y las mascarillas parecen sogas bien atadas y apretadas a los gaznates de todo el que circula por delante del mendigo de la calle, mientras esquivan el cartelón de petición de limosna para el cartón de tinto de hoy. Sin excusas, sin inventos.
Los veo y pienso qué están haciendo con sus vidas; horas perdidas planchando esas camisas de marca que les ha costado un riñón por llevar bordada la marca de un tío, como si de una res se tratase, horas interminables enganchados al iPhone; llamadas, mensajes, redes sociales para decir pamplinas, arreglar un mundo caótico inmerso en el propio caos que genera la propia humanidad, manillas de reloj que se desgastan de dar vueltas u vueltas y más vueltas mientras los poseedores de los pelucos corren y corren y siempre llegan tarde a todos sitios. Y mientras, mi duda es: ¿me siento o me tumbo en mi esquinita con mis cartones a contemplar la vida?
Respiro y soy consciente de ello; miro y soy receptor de miradas, unas buenas, otras de asco, pero consciente de todas y cada una de ellas; sonrío ante una breve escena familiar delante de mis narices, en la primera fila del patio de butacas de un teatro donde todas las entradas son mías y los actores interpretan una vida que no desean solo para mí.
La vida se les escapa mendigando placeres superficiales por el qué dirán los demás y así, así pasan días y días y acumulan arrugas y más arrugas, canas y más canas, depresiones y ataque de ansiedad que derivan en infartos, pastillas, arritmias y toda clase de efectos nocivos para sus organismos cuando veo caer una menesterosa moneda. Buen momento para ir a saludar a mi amigo el morito de la esquina y que Simón, el del Don, no el Ángel de La Morada, me haga compañía un buen rato.
Traten de ser felices y no la mendiguen…
Ese aroma

Hasta allí llegó el aroma que la transportó, sin preveerlo, a ese rincón que aguardaban acurrucado en la memoria de sus recuerdos. Ese rincón estaba tan cuidado, tan mimado que todo lo que allí moraba era tan delicado que nada ni nadie podía emborronarlo.
Ese olor que entraba hasta lo más profundo de sus vivencias cuando aún peinaba dos colas… Cómo un olor puede evocar esas vivencias que creías olvidadas, sin recordar que estaban allí, en su lugar especial, en silencio, esperando el momento justo para hacerse notar en el presente de un pasado añorado.
Olor a Sevilla, a barrio, a volver cualquier esquina de cualquier calle y ver esa maravilla trepando por encima de una tapia cualquiera, embriagándote con su inconfundible belleza aromática.
Si piensas en Sevilla, en verano, en noches de calor con abanico en mano, en velaita de Santa Ana, entonces irremediablemente te transportará al lugar exacto de esa borágine de recuerdos, como si de nuevo estuvieras allí mismo, con la misma gente, la misma inocencia y las mismas ganas de crecer para luego arrepentirte de haberlo deseado tanto.
Ahora Hermandad

Es el día, todo el trabajo, toda la ilusión, las ganas, las mil y una reuniones, las mil y una noches en vela dándole vueltas a diseños, ideas, frases, estilos, votos, hermanos, amigos, corazones entregados a un mismo fin…
Es el día de verte cara a a cara con parte de tu destino, de tus ilusiones de niño, de darle sentido a toda una carrera casi profesional.
Es el día en el que está todo el pescado vendido. El pescado, la fruta, la carne y el mercado completo.
Es el día en el que Ellos y ellos deciden y solo puedo, personalmente, darle las gracias a mi Hermano Mayor, a mi Teniente, a mis Mayordomos, a mis Secretarios, a mi Contador, a mis Consiliarios, a mis Priostes, a mi Fiscal, a mis Diputados de Caridad, Formación, Cultos y Actividades por aguantarme, por tenerme siempre presente y por hacerme parte importante de una familia que se ha desvivido por un sueño: el que marca nuestros corazones y nuestra fe.
Si lees esto y eres hermano del Cachorro, te espero en la Basílica en un acto frío, incluso feo, pero muy necesario y que marcará los tiempos de nuestra Hermandad. Si no eres hermano, perdón por la charla pero hoy era necesario. Hoy y ahora…
Gracias a todos por aguantarme y en especial a mi familia.
ahora… Hermandad
Esa vieja estampa

Cae la noche en tus calles y todo se endurece natural y paulatinamente mientras las luces artificiales toman las riendas con un protagonismo, en ocasiones desmedido y en otras,… ya saben, las cosas de los políticos y de la política y del politiqueo.
No sabría si es una batallita de abuelo cebolleta o un cuento de Gloria Fuertes; de fábula seguro que no podemos catalogarla porque el único animal que sale en la historia sólo yo y bueno, aunque hablo, aún camino erguido y creo que el vino me mantiene el raciocinio en pleno apogeo.
No recuerdo muy bien no el año, era Semana Santa y yo, un chiquillo un tanto desaliñado que andurreaba de acá para allá, buscándome más líos que papas cuando veo pasar una fila de nazarenos procedente De la Vega. Sí, allá donde los gitanos campaban a sus anchas.
Me acerqué entre cauteloso, curioso un sorprendido, temiendo la represalia de cualquiera de los señoritos que, ataviados pulcramente con sus sombreros, escondían sus bigotes y más penas que glorias bajo un aroma a perfume barato pero de esos que sólo se huelen en momentos de postín, cuando veo una mano anciana, unos pies descalzos desolados y un ropaje largo y oscuro. El señor, anciano, con su cara cubierta no acertaba a encontrar lo que andaba buscando cuando saca una estampa con un Cristo y me dice muy despacio, con voz entrecortada y muy tenue que Él me cuidaría, que le rezara. Cómo si yo supiera de eso…
Pasaron los años, muchos, y ahora mis manos se parecen a las que aquel, supuestamente buen hombre -Nunca supe nada de él salvo por ese instante y el hábito no hace al monje- y aquí me tienen, celebrando un nuevo día vivido y escondiendo la última moneda para mañana me despido, no sin antes, pasar mis dedos por la estampa que aún sigue conmigo y pidiéndole, seguro que de una forma poco ortodoxa, que me siga cuidando como me dijo aquel hombre, y me permita seguir abriendo los ojos a un nuevo día.
